Pocas cosas generan más adrenalina que ese momento en que sentís que hagas lo que hagas, te va a salir bien. Que -no importa si el centro viene llovido, a media altura o es un buscapié- vos te vas a llenar el empeine de pelota -frase que nunca se dijo en el fútbol- y las vas a clavar al ángulo. Es un impulso que irrefrenable que te hace pararte y querer ir con un entusiasmo -a veces desmedido- por todo eso que tenías pensado hacer «en algún momento».

Algunos viven en ese estado. Es como si tuvieran más energía de la que el cuerpo puede acumular y tienen que gastarla sí o sí. Bueno… ¡te calmás! Yo no soy así, nunca lo fui. Casi que todo lo contrario. Siempre fui agua de pozo. Alguien que puede disfrutar la energía y el entusiasmo ajeno -y hasta envidiarlo también- pero no necesariamente ejercerlos.

Ya lo comenté alguna vez -este es mi blog, así que me repito todo lo que quiero 🙂 – pero el Parkinson tiene -entre otras- la característica de ser una enfermedad que se manifiesta de un modo muy desparejo. Tanto en sus tiempos, como en sus formas y en su intensidad, no tiene un comportamiento sostenido. Básicamente rompe las pelotas cuando se le canta, demostrándote que no tenés más el control por completo, lo cual ya es bastante frutrante.

Por otro lado está la medicación. Una de ellas -la Rasagilina- no es parte de esta historia porque no tiene efectos directos sobre los síntomas motores. Pero la otra -la Levodopa- sí. La Levodopa -para simplificarlo un poco- no es, ni más ni menos, que Dopamina de laboratorio que uno consume para compensar la que el cerebro deja de producir y que -al no estar disponible en el sistema- ocasiona todos los síntomas del Parkinson. Pero claro… el cerebro -cundo estaba 0km- producía la dopamina que necesitaba, cuando la necesitaba. Cuando uno la toma en formato de medicamento, es en cantidades que se van modificando muy de a poco, cada mucho tiempo, por lo que -finalmente- uno toma siempre la misma cantidad, cada períodos iguales de tiempo. Eso ayuda, y mucho. Porque sin eso uno quedaría liberado 100% a los efectos de la ausencia de dopamina en el cerebro y esa no es -claramente- una condición llevadera.

El efecto de la Levodopa es como el de cualquier medicamento. No es ni sostenido en el tiempo, ni sostenido en su intensidad. Apenas la tomás parece que no pasa nada. Después -cuando llega la dopamina al cerebro- te pega y es evidente cómo los síntomas disminuyen. Y al final -un rato antes de que te toque volver a tomarla- el efecto se va yendo y -del mismo modo que antes sentiste cómo disminuían- los síntomas vuelven. Y así nos pasamos el día los Parkis.

Ese momento que pasa en el medio de cada toma, cuando sentís que el temblor desaparece, que los músculos se relajan, y ya no son todas las posiciones incómodas yo siento esa adrenalina. Fue el Parkinson -al mostrarme su peor cara- el que me habilitó a identificar mejores y -a veces- nuevas sensaciones que también puedo disfrutar. Estoy dispuesto a llevarme el mundo por delante, seguro de que esta enfermedad no me va a tocar un pelo y que nada de todo lo que me gusta tiene por qué cambiar. Me siento… ¡invencible!

Pero claro… después llega el momento en que la Levodopa se convierte en calabaza y el cuerpo vuelve a ese estado que me recuerda -con una honestidad brutal- que sí, que soy invencible… pero sólo de a ratos.