A mi chinita
Domingo. El primero de Noviembre. Hoy dormí un poco más. Creo que más por decisión que porque el cuerpo así me lo demandara. ¿La primavera? Bien, gracias. Igual estos días -así- de lluvia tropical tienen su je ne sais quoi, su saboir faire, su la conche de la lore, que me gustan. ¿Alma? Por ahí anda. Como el plato de comida se lo habíamos llenado anoche y lo único que encontró para sus expediciones nocturnas de caza fue la ropa -que estaba- doblada para guardar, no fue mucho lo que pudo mendigar… apenas le quedó pedirme que le habra la puerta del patio para poder salir tomar el agua de lluvia del piso. No me pregunten por qué hace eso, pero le abro. Hay batallas que no doy.
Por suerte puedo elegir mis batallas. No todas. Casi todas. Pero estoy convencido de que -por quienes me acompañan, por tener los recursos emocionales y porque la experiencia acumulada me permite saber más o menos en que termina cada batalla que se me presenta- hoy me puedo dar el gusto de balancear la cantidad de frentes que tengo abiertos.
Hace unos años -no muchos- cuando una de las Eugenias empezó a venir a casa para hacer Yoga, Emma se prendía en las clases de los sábados a la mañana. Una experiencia que -al menos yo- disfrutaba un montón. Por supuesto, su flexibilidad le permitía hacer figuras y posturas que -de solo pensarlas- me estremezco.
En una de esas clases se plantea un desafío. No recuerdo muy bien la postura que nos ofrecía la profe para que realizáramos pero -desde ya- la exigencia de las clases iba aumentando, así que yo -después de haber hecho un intento completamente actuado- cedí amablemente ni turno a la cachorra que -con la seguridad que le daban otros éxitos que venía teniendo en la materia- decidió dar su propia batalla personal e intentó realizar la figural que Eugenia nos había mostrado, pero no le resultó fácil. Después de algunos intentos y viendo algo de resignación en Emma, Euge -que tenía claro los bueyes con los que araba- le arroja un provocador «¿Qué…? ¡¿Te vas a rendir?!«
Mañana -después un par de meses de búsqueda, algunas semanas de gestiones administrativas y un trabajo emocional que no pensaba tener que hacer- arranco una rehabilitación en un centro especializado -entre otras cosas- en enfermedades neurológicas. La realidad es que me tiene bastante «expectante» la posibilidad de ver mi futuro -las sesiones son grupales- y que sea algo difícil de aceptar. Sensación que hace que preguntar si -efectivamente- yo ya acepté mi enfermedad. Y me doy cuenta que no del todo. Que -en algún lugar- me quedó el reflejo de sentir que aceptar es resignarse y que la negación de la enfermedad me sirve como motor para pelearla… Para darle batalla al Parkinson.
En las últimas sesiones de terapia venimos charlando este tema con Karina, mi terapeuta. Así que le comento sobre estas sensaciones y ella me dice «Pero… aceptar no es resignarse. Resignarse es entregarse a lo que la enfermedad decida. Aceptar es asumir que tenés una enfermedad, pero no es la enfermedad lo que te define. Vos tenés proyectos, deseos… buscás alternativas para tu tratamiento.«
Debo confesar que sus palabras quedaron resonando y hoy me doy cuenta que resignarse es rendirse. Y que, más allá de que me cause algún temor, que sea difícil de procesar y que -seguramente- necesitaré del apoyo de los que están más cerquita, esta es una batalla de las que valen la pena dar, que tocará pelearla hasta el último día, pero que -como le contestó Emma a Eugenia antes de lograr realizar la difícil figura corporal que le proponía- en las batallas más complicadas… «Los Porta, no nos rendimos.»
2 noviembre, 2025 a las 11:36 am
Ese es «mi pollo»!
2 noviembre, 2025 a las 7:51 pm
Muy linda crónica! Sebas, y muy valiosas reflexiones, incluso para otros tipos de batallas. Abrazo grande
3 noviembre, 2025 a las 8:07 am
Genial, Sebas. Rendirse…jamás!!!
4 noviembre, 2025 a las 3:45 pm
La lucha nos mantiene vivos! A seguir peleando día a día. ❤️😘