El tiempo que me tomo entre post y post varía. No tengo una regla definida en cuanto a la periodicidad para publicar. Porque -no me canso de repetirlo- en El Tembleque las cosas pasan cuando pasan, y no cuando algún calendario lo establece. Eso me ayuda a mantenerlo genuino.

No es la primera vez que pasa casi un mes desde la última publicación. Incluso alguna de esas veces me llegué a desconectar de la necesidad de escribir. Pero esta vez sí es la primera en que sentí incluso rechazo frente a la propuesta de sentarme acá a contarte una experiencia. Y no es sino hasta este momento que me doy cuenta por qué.

Identificar la emoción que me llevó a ese rechazo no hace más fácil que te la cuente. Pero bueno… ya pasé por el pudor de abrirme y -gracias a vos- sé que ese proceso termina siempre bien. Así que, acá voy…

Cuando me enteré que tenía Parkinson, mucha gente cercana me contó -en una búsqueda generosa de aportarme algún alivio de normalidad- acerca de algún conocido que también tenía esta o alguna otra enfermedad neurológica. Por supuesto -porque esa generosidad es casi incondicional- en muchos casos ese acercamiento venía con la propuesta de conocer a esa persona.

Al principio -por estar en un proceso casi reglamentario de negación- no me permití esa posibilidad. La verdad es que yo quería ser normal entre normales, no entre anormales. Un salame…

Como todo pasa porque tiene que pasar -sin todavía tener claro por qué- un día acepté esa invitación y charlé con uno de ellos. ¿La verdad…? No fue lo que quería, pero sí lo que hacía falta para darme cuenta que yo lo que necesitaba era -efectivamente- compartir mi enfermedad con otros como yo, pero que me transmitieran la sensación de que los siguientes años podían ser buenos. O mejor… ¡de puta madre!

Hoy -además de los normales que estando cerquita me apuntalan día a día- encontré más de un compañero -muy bien seleccionados- con los que tratamos de potenciar nuestras ganas de desafiar a las malas cuando vienen y de hacerle el aguante a las buenas cuando aparece la más mínima posibilidad.

Pero -como la vida siempre tiene una piña preparada para darte- hoy me falta una de esas personas. Alguien a quien -sin siquiera habernos visto una vez- había elegido como ejemplo de que siempre hay -por simple que sea- algo para disfrutar. El 20 de Agosto -poco más de dos semanas después del este post– se fue Diana.

Desde ese día estuve por sentarme a escribir -porque la necesidad seguía intacta- pero no podía porque esto -que hoy aparece tan fácil de compartir- me resultaba doloroso contarlo y claro… ¿a quién le gusta reconocer su propio dolor… no?

Si bien podría sentir mucha bronca por no haber llegado nunca a compartir un café con ella, hoy prefiero sentirme un privilegiado por habérmela cruzado y -más aún- muy feliz de que ella supiera lo importante que eso fue para mí.

Serán entonces, este -que es el que destraba todo- y todos los posts que vengan, mi homenaje para ella y todos los normales -sobre todo los míos- y anormales que elegimos que esta mierda que nos toca vivir, no nos impida seguir disfrutando.