Me reconozco un tipo al que no le gusta pedir ayuda cuando el desafío es complicado. No sé… ya sea porque el reconocimiento es mayor cuando el desafío es más grande, o porque no me gusta exponer mis limitaciones -tal vez sea por las dos cosas- me cuesta acercarme a alguien para que me de una mano cuando lo que tengo por delante parece presentar algún tipo de obstáculo.

Como mi Parkinson es como el de la mayoría, primero fue afectando un lado del cuerpo -en mi caso del derecho- y después -a medida que vaya avanzando- terminará afectando a todo el cuerpo. En ese sentido, mi caso no es especial. Es más bien de manual.

A mí -por ahora- me da tanto por los temblores como por la rigidez. Incluso a veces es más de lo segundo. En esos períodos es como si tuviera conectados los electrodos para los abdominales en algún lugar de mi columna y estuvieran prendidos todo lo que dura el momento de rigidez.

Desde hace unas semanas estamos saliendo casi todos los días a caminar con Vicky. Barbijo, alcohol en gel y a desoxidar un poco el cuerpo. Como dos jubilados, salimos por el barrio a dar una vuelta rodeando la plaza.

Ya les he contado que esto es desparejo. Que los síntomas aparecen como y cuando quieren, más allá de estar bastante controlados por la medicación. Cuando esa caminata se da en un momento de rigidez, digamos que… pasan cosas.

Básicamente… la hecatombe, la debacle total… una seguidilla de hechos bochornosos que involucran a la pierna derecha -hace que arrastre el pie, que renguee y que tenga algún temita de equilibrio- y al brazo derecho -se me ponen rígidos los músculos y puede doler bastante- en un cambalache neurológico que me hace parecer bastante a Robocop.

Por supuesto, este es uno de esos momentos en los que el reflejo es el que les mencionaba. Me sale encerrarme y hacer cómo si yo pudiera con mi propia incomodidad, pero la verdad es que no. Cuando vienen esos momentos, no siempre puedo solo. Y fue en una de estas caminatas en las que me di cuenta lo inútil de mi omnipotencia.

Ahí estábamos, doblando por la esquina de la plaza. Ella me notó molesto y me agarró la mano derecha. Inmediatamente mi cuerpo se empezó a acomodar y pude seguir la marcha con mucha más comodidad. Ir de la mano de Vicky me ayudó a tener una referencia de una marcha normal que no dependía de mi cuerpo y esa -de modo hermosamente inesperado- se convirtió en la ayuda que necesitaba. La miré y le dije «qué bueno que el Parkinson me haga ir de tu mano».

Esa mano que me dio Vicky fue la ayuda que necesitaba para caminar más cómodo… sí. Pero -más aún- fue la señal más clara de que -no importa el reconocimiento, ni las limitaciones expuestas- termino sintiéndome mejor cuando me dejo ayudar.

Parece -entonces- que es así nomás… que no hay desafío complicado que no se pueda superar acompañado de alguien que esté dispuesto a darte su mano.