Durante bastante tiempo pensé que era un tipo capaz de racionalizar cualquier situación y -a partir de eso- resolverla sin ponerle el cuerpo o -mejor dicho- el alma. La verdad… una pelotudez grande como una casa.

Si bien la relación de fuerzas entre la cabeza y el corazón empezó a cambiar antes que llegara el Parkinson, no fue sino hasta que supe que estaba enfermo que pude entender que ese intento de racionalización no sólo era un reflejo defensivo, sino -también- una muestra de egoísmo que detesto ver en mí, incluso más que en otros.

Cuando publiqué «El Parkinson es el otro» fue porque había podido identificarme en otras personas con las que -sin estar pasando por lo mismo que yo- compartimos las sensaciones que produce tener una enfermedad que te trastoca el día a día.

Hoy la realidad es distinta. No porque haya dejado de identificarme o compartir esas sensaciones, sino porque esas sensaciones están pasando a un segundo plano a partir de que uno aprende a convivir con ellas y -sin necesariamente tener control sobre eso- logra que dejen de estar en el centro de la escena.

Lo hermoso de esto -lejos de generar la sensación de misión cumplida- es que uno se da cuenta de que -así como la cabeza maneja los tiempos- el corazón tiene lugar para mucha gente y eso hace que verse en otros se vuelva una motivación muy fuerte para hacerse el tiempo de dejar de necesitar compañía y volverse uno el que acompaña.