Cuando empecé con El Tembleque -les confieso- ya venía amagando con sentarme a escribir y creo -en buena parte- que por eso los posts fueron saliendo tan naturalmente. Pero, desde hace un par de meses, la cosa se da distinta… las ideas surgen más por alguna situación cotidiana que por sensaciones que estuvieran esperando salir.

En este caso el impulso es tan contundente como duro de aceptar. Porque tiene que ver con el aspecto más perverso de esta enfermedad. Tal vez aún más que la incurabilidad.

El Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa, incurable y… progresiva. En lo cotidiano esto -básicamente- significa que, cuando ya te estás acostumbrando a los síntomas, viene este inglés tan simpatico y te regala uno nuevo. Como si fuera un recordatorio permanente de lo que tenés… como para que no te olvides que la cosa -inevitablemente- se va a poner más fea… como si hiciera falta, no?

La mejor manera que encuentro de ejemplificarlo es decirte que cada vez que eso sucede es como si escuchara el diagnóstico por primera vez. En mis propias palabras, es la piña de Chávez a Maravilla Martínez, una y otra vez. Y si… en estos días está pasando.

En general mi enfoque de las cosas surge del propio ejercicio de empezar a vomitar mis sensaciones en este espacio. Porque es ese mismo ejercicio el que me ayuda a procesar esas cosas, digerirlas e incorporarlas como algo positivo.

Pero -lamentablemente- que una experiencia negativa se repita no implica que uno pueda aplicar -como si fuera una fórmula- los mismos pensamientos para salir fortalecido. A veces lo mejor que podés hacer es aceptar -sin resignarte- que las cosas son así. Porque -a veces- no se puede más que eso y… sabés qué? Tal vez no sea poco.