Uno de los aspectos más pesados de un diagnóstico como el del Parkinson es el de la incurabilidad. Porque hace que la enfermedad sea para toda la vida. Ergo, si bien uno no se muere de eso, se muere con eso. Es así… del mismo modo que no tiene un origen claro, sí es claro que no hay vuelta atrás.

Algo que aprendí en terapia es que cuando las cosas son negativas es porque no son positivas. Parece una verdad de perogrullo, una trivialidad… hasta una pelotudez. Pero para mí es casi un mantra a esta altura del partido. Ma’ per que?!

Cuando a uno le toca enfrentar una situación negativa no queda otra que trabajar con las sensaciones que eso produce… preocupación, angustia, tristeza, bronca, ansiedad…

En cambio si -en la misma situación- uno pone foco en lo positivo que no está alcanzando, se puede encarar la solución como una búsqueda de superación y hasta -quién te dice- lo podés hacer transitando sensaciones más parecidas al entusiasmo y la motivación. Y te puedo asegurar que cuando hablamos de toda la vida esta diferencia deja de parecer una pelotudez.

Yo podría -y de hecho al principio así fue- pensar que voy a estar enfermo hasta que me muera. A eso podría sumarle que -cada día que pase- los síntomas van a ir acentuándose y haciendo que me sienta más incómodo. ¿Pesada esa noción… no?

Aplicando lo que aprendí -aunque a veces requiera un ejercicio consciente- vivo con la noción de que tengo mucho tiempo para: aprender a convivir con la enfermedad, adaptarme, aceptarme, seguir escribiendo acá, encontrar motivación en el Parkinson para encarar nuevos proyectos, estar acompañado.

Obvio… si pudiera elegir no tener Parkinson, vos creés que no lo elegiría?! Claro que sí! Pero -frente a la inevitabilidad de la realidad- te puedo asegurar que me encanta saber que todo lo bueno que encontré también lo voy a tener para toda la vida.