Hasta ahora -excepto por los posteos de ATT y del Candidato– cada línea que escribí cuenta -de a uno- cómo el Parkinson va afectando cada aspecto de mi vida y cómo afecta o le pega a los que tengo alrededor. Y ahí -alrededor- hay dos personas… un buen tipito y una chinita que sobresalen entre todos, de los cuales hasta ahora no hablé.

También, hasta ahora, fui buscando metáforas o alguna vuelta de rosca para que el modo en que cuento las cosas no fuera tan lineal. Pero con ellos no puedo. Con ellos la incondicionalidad me hace querer hablar de todo del modo más crudo y verdadero, aunque eso nunca va a pasar. No por negación, sino porque esa misma incondicionalidad hace que quiera cuidarlos todo lo que pueda.

«La puta madre! Perdón pichones!» es lo primero que me sale decir. Se me estruja el corazón cuando pienso en cómo esta mierda los puede afectar a ellos. Cuando inevitablemente pienso en su futuro y los veo conmigo al lado… así, y encima no sé qué mierda va a ser «así» dentro de unos años.

«Gracias!» es lo siguiente -obvio- porque es más fácil no darse por vencido cuando recibo su amor. Porque cuando inevitablemente pienso en mi futuro y siento que ese amor va a seguir estando más adelante, hace que la incertidumbre pese mucho menos.