A Juan, Pesce, Patos, el Doctor, el Chino y José.
El Parkinson, la gente que me rodea y yo. Sin estos tres elementos El Tembleque no existiría. La combinación -en distintas proporciones según el caso- de estos tres elementos es el motor de este espacio. Por supuesto, las razones por las que el Parkinson y yo somos necesarios son más que obvias. Pero en el caso de los que me rodean, las razones no son tan obvias -más allá de que si no fueran lectores, todo esto sería al pedo 🙂 – porque el lugar que ocupan en esta experiencia es muy propio de cada uno de ustedes.
Repasando un poco posts anteriores aparecen Vicky, los chicos, hermanos, sobrinos, compañeros de laburo, los que están de este lado del consultorio, Mil Grullas… Pero en esa lista falta gente. Ayer -después de cenar con ellos- me cayó la ficha.
Nos conocemos hace más de 30 años. Como siempre en estos casos, es la naturaleza de cada uno de nosotros lo que nos junta con el resto. Tenemos nombre, versión corta del nombre y apodos, cada uno con sus mil variantes. No trabajamos de lo mismo ni en los mismos lugares. Somos de River, Ferro, Boca y hay alguno al que no le gusta el fútbol.
Somos ácidos, tenemos grupos de WhatsApp, somos predominantemente tímidos, disfrutamos mucho del tiempo juntos, somos endogámicos -a falta de otra palabra que no suene tanto al Colegio Nacional de Buenos Aires- y las individualidades de cada uno hacen que seamos más cercanos a otro en particular. En eso no somos tan distintos a otros y -a la vez- somos únicos.
El día que un neurólogo me habló de Parkinson por primera vez les dije «creo que necesito una cerveza» y a la hora esa cerveza nos había reunido. Desde ese momento -de hecho desde mucho antes- no han hecho más que estar.
Ya lo saben… el pudor siempre está a la orden del día para que hacerte las cosas más difíciles. No son los síntomas. No es el Parkinson. Soy yo… es la sensación chota que aparece cuando lo que pasa sucede adelante de ellos. No me gusta que sea así.
Por supuesto para ellos -y como corresponde- esta sensación es una pelotudez, lo hemos hablado. Su compañía -cercana y permanente- no depende de cuánto tiemble yo, o de si necesito irme antes de la cena para no perder preciadas horas de sueño. Pero no sé… igual… no me gusta.
No voy a cerrar este post con una frase hecha de estado de WhatsApp hablando de la amistad y la mar en coche. Tampoco hay una reflexión. Ni siquiera un remate. De hecho creo -para lo que les voy a decir- hasta que no es necesario el post. Pero sí, hoy es importante para mí que -todos… ellos y ustedes- sepan que -está claro- los síntomas y las incomodidades van a ir y venir, pero el impulso de tenerlos cerca, no me lo saca nadie. Así que… Ahí nos vemos. Los quiero bocha.
6 agosto, 2021 a las 8:55 pm
Hermoso, Sebas!!
6 agosto, 2021 a las 9:40 pm
Nosotros también guachín!
6 agosto, 2021 a las 9:55 pm
La felicidad surge cuando el amor saca a bailar al dolor, y el dolor acepta. Y lloran juntos y se ríen a carcajadas y aprenden a dar mil vueltas al ovillo de la vida.
Por el contrario cuando el dolor se niega, lamentablemente se queda solo, se pudre adentro y se transforma en sufrimiento.
6 agosto, 2021 a las 10:48 pm
Y así es como somos un sistema complejisimo en constante interacción con otros sistemas que se atraviesan, conforman y nutren mutuamente.
7 agosto, 2021 a las 7:09 am
Hermoso Sebas!
14 diciembre, 2021 a las 10:06 pm
muy bueno
el hoy es hoy
abrazo, Lila