Desde hace poco más de un año -en la agencia para la que laburo- estoy a cargo de desarrollar una unidad de negocios para proveer servicios de producción y creatividad a otras agencias -dentro del mismo grupo- alrededor del mundo.

Es un proyecto que me entusiasma… ¡mucho! Me gustan estos proyectos fundacionales en los que está todo por hacer y en los que puedo dejar mi marca. Además -este en particular- me permite interactuar con gente de otros países, otras culturas y -quién te dice- cada tanto pegar un viajecito. Se la rema bastante pero tiene sus recompensas.

Los resultados más concretos se empezaron a dar en estos últimos meses. ¡Cosa que está buenísima! Porque cuanto te gusta armar cosas de cero, ver que toman forma es motivo de alegría y orgullo. Pero también hay frustraciones y presiones. Y entonces -en estos días de cuarentena en los que la falta de actividad cotidiana hace que el cuerpo se mueva menos- la cabeza se mueve más.

Varias veces escuché en estos casi 3 años de convivir -al menos conscientemente- con la enfermedad que -manteniéndola controlada- mi vida iba a ser normal.

Buena parte del tiempo eso pasa y mi vida transcurre como si el Parkinson no estuviera ahí. Pero hay otra parte del tiempo en el que no pasa. Lo que pasa en esos momentos es que los síntomas copan la parada. Y no siempre se explica desde el efecto de la medicación o la progresión de la enfermedad. Muchas veces se explica por cómo funciona la cabeza frente a situaciones de mucha demanda emocional, y ahí es donde empieza la contradicción.

Si lo normal -para un tipo de mi edad, laburando en la de algo que elegí, en la industria en la que elegí- es la búsqueda de logros profesionales y crecimiento personal, ¿cómo es que el avanzar en eso puede volverse tan frustrante?

Es así porque el cuerpo reacciona a lo que genera la cabeza. Y si la cabeza es un corso a contramano, el cuerpo tiende -también- a ir a contramano de lo que uno quisiera. Y si a eso lo condimentamos con una pizca de Parkinson, el cuerpo no va a contramano, sino que se directamente se empaca y no hay manera de moverlo. ¿Qué hacemos con eso? ¿lo dejamos ser? ¿tomo más medicación?.

Dejarlo ser sería darse por vencido y -de mínima- es muy temprano para eso. Más medicación -por las características de los tratamientos actuales- sería gastar balas que voy a necesitar más adelante. Y -además- eso como tomar un relajante muscular para una contractura. Probablemente se vaya, pero va a volver porque la cabeza sigue funcionando.

Entonces -sin ánimo de intentar tirar por tierra años de investigación científica- me atrevo a desafiar esa afirmación que escuché varias veces estos últimos años. Porque si el Parkinson es un condimento en esta ecuación, lo más probable es que me acerque más a esa normalidad si -en lugar de buscar controlar la enfermedad- la cabeza gestiona mejor los efectos tanto del esfuerzo como de los síntomas, porque -de ese modo- lo más jodido de la enfermedad está verdaderamente controlado.