A veces no hay reflexión… no hay vivencias que se conectan y te hacen dar cuenta que hay una nueva manera, distinta -por optimista- de ver las cosas.

A veces -como ahora- tipear en la compu es una tarea titánica. Tiemblo… la mano derecha escribe cualquier cosa y -por concentrarme para que eso no pase- la izquierda también. Y mientras tanto -en pleno esfuerzo por hacer que todo funcione bien- cruzo los pies para que la pierna derecha deje de tensionarse.

A veces no hay premio al esfuerzo y tocar la guitarra pasa de ser maravilloso y nutritivo para el alma, a ser la inevitable frustración de ver cómo mi habilidad involuciona. Y de repente paso de sentirme Jimmy Hendrix a sentirme Michael J. Fox… hoy.

A veces no resulta simpático que -al batir huevos para hacer una mousse- la mesada de la cocina termine hecha un salpricrete de merengue francés.

A veces relajar y dormir -que es lo más cercano que tengo al recuerdo de estar sano- es jodido de lograr cuando no hay posición en la que me sienta cómodo para hacerlo.

A veces esto es una mierda y no hay manera de pilotearla. Pero… ¿Por qué lo escribo? Si este no es un espacio para vomitar bronca.

Lo escribo porque -tal vez- mientras vos estés leyendo este post yo ya haya llorado todo lo que tenía para llorar y me hayan recordado con un abrazo hermoso que nunca voy a estar sólo en esta. Tal vez haya tocado la guitarra un rato sabiendo cuándo parar para no frustrarme y tal vez -sólo tal vez- me haya pedido unos tequeños, unas arepas y unas cervezas para volver por un rato a Venezuela.

Porque esto a veces es una mierda, pero todo el resto de las veces no puedo más que sentir que vale la pena disfrutar lo que tengo y eso siempre me va a encantar compartirlo 😉