Como no soy la única persona que padece una enfermedad en este mundo, también me ha tocado estar del otro lado del mostrador que separa a los que tienen alguna nana, de los sanos. Y estando del lado de los saludables siempre creí que la sutileza era necesaria para acercarse al enfermo porque uno no sabe lo que el otro padece. No sólo en cuanto a los síntomas o efectos de la enfermedad, sino -más aún- en cuanto a lo que ese padecimiento le provoca en el alma.

Del mismo modo tiendo a esperar que quienes se me acercan en este proceso lo hagan con tacto… hasta tiernamente si es posible. Pero en estos días recibí una buena patada en el orto. De esas que -si tenés la tendencia a hacerte el boludo con algo- te muestran la realidad tal y como es. De esas que no saben de grises, y que no bancan la más mínima excusa.

No fue grato. Me generó rechazo de hecho. Puteé y me putearon. No todo lo que dijimos fue productivo para el objetivo con el que esa conversación se había dado. Incluso -cuando repaso el momento- siento ganas de volver a juntarme con quien lo hizo para devolvérsela y mandarla al carajo.

Pero enseguida vuelvo a repasar ese momento e instantáneamente lo identifico en otras charlas no tan recientes -sí posteriores al diagnóstico- con la misma y con otras personas que tienen en común tres cosas cosas… han padecido o padecen, les chupa un huevo ser sutiles, y mucho -pero MUCHO- amor.

Por eso agradezco que pase así. Porque -no voy a dejar de insistir con esto- caminar se camina hacia adelante. Con gente que camina adelante para mostrar el camino, con gente al lado que te abraza para que no estés solo, y con ellas caminando atrás… listas para darme una patada en el orto cuando bajo la marcha 😉