El calendario dice que este post lo empecé a escribir hace más de una semana. No sé por qué, pero -por alguna razón- me trabé y no pude ir más allá del primer párrafo. Y ayer, después de detenerme un rato a pensar por qué podía estar pasando, me di cuenta que no era casualidad. Porque el post se trata de aquello que justamente más me costó hacer… abrirme.

Hoy es algo que manejo con más naturalidad y -como habrán leído en otros posts- hasta con algo de humor, cuando el ánimo acompaña. Pero al principio fue todo un tema pensar hasta dónde podía -o me hacía bien- contar lo que me estaba pasando.

Por supuesto los amigos y la familia fueron los primeros en saberlo. Algunos desde el principio, otros ya con la novedad casi confirmada.
Pero fuera de ese universo de intimidad, había otro universo inmenso de personas que comparten mi cotidianeidad con los que no sabía cómo manejarme.

Hoy -a la distancia- me doy cuenta que eran mi desconocimiento de la enfermedad, mi inexperiencia en este tipo de situaciones y -por qué no- mis prejuicios sobre los otros los que -lejos de preservarme- me encerraban y alejaban de lo que terminó siendo una sensación de contención hermosa.

Cómo siempre decimos en casa, de los problemas se sale hacia adelante y se resuelven de a uno. Y así es como lo hice y lo sigo haciendo… de a una persona a la vez, cuando me siento preparado y cuando se da la oportunidad. Y del primero al último, del más lejano al más cercano, TODOS hicieron -desde su lugar- lo que yo necesitaba de cada uno.

No hay con qué darle che… abrirse libera.