Hay algo que me acuerdo de ese día, y es que tenía puesta una camisa. No sé cuál, pero por alguna razón me recuerdo así.
También me acuerdo que fui a buscar el auto al garage de enfrente de INEBA, pagué, me subí y manejé hasta el laburo. Lo loco es que todo ese trayecto lo recuerdo fluido, como si no costara caro un garage, como si el tránsito en Buenos Aires no fuera un bardo, y como si conseguir lugar para estacionar cerca del laburo fuera algo simple.
La verdad es que no sé que pensé durante ese viaje, pero sí sé lo que pensé cuando llegué a la esquina de la oficina. Me acuerdo que la miré desde enfrente (es un edificio vidriado de 2 pisos que ocupa toda una esquina) y me dije: «Sabés qué Sebas? Todo sigue. No sabemos qué mierda está pasando, pero el hecho de que estés parado acá, a punto de entrar ahí, quiere decir que esto no termina acá».
Ese pensamiento me acompaña todos los días desde ese día. Y sí… también me enojé, puteé, lloré. Mucho lloré. No soy Superman. Y todavía me enojo, puteo y lloro mucho. Pero es ese pensamiento el que me mueve cuando aparece algún síntoma nuevo o cuando me harto de estar enfermo. Porque esto no se termina acá 😉
11 abril, 2019 a las 1:50 am
Es muy difícil dejarme a mi sin palabras….?