A Leire y a todos los que se fueron antes de tiempo
Por suerte -y porque puedo- en El Tembleque -si bien busco que lo que fluye tenga alguna relación con mi manera de convivir con el Parkinson- en este caso no es algo que me haya pasado a mí lo que motiva estas líneas. Es más, no es ni siquiera algo que le haya pasado a alguien que -por cualquiera fuera la razón- tuviera que ver con mi relación con la Enfermedad.
Leire era -es y será- una beba hermosa. Morocha, de unos ojazos hermosos y unos cachetes muy -pero muuuuuuuy- morfables. La segunda hija de Manu, mi hermano, y Ali, su pareja en ese momento, y madre también de su primera hija, Jara. Desde el día en que Leire se fue -además de un dolor que nunca pensé que iba a sentir- la muerte dejó de tener cualquier tipo de explicación. No sólo la suya, sino la muerte en general cómo acto final y lógico de la vida. Leire falleció en Enero de 2012.
Recuerdo llegar a casa el día que por primera vez me dijeron que podía tener Parkinson -a mediados de 2017- me tiré en la cama y -mientras Vicky intentaba contenerme- me largué a llorar desconsolado, diciéndole «no me quiero morir!» con una angustia que hoy no tengo porque me atiendo neurólogos que saben más y que se comunican mejor. Ergo, ya sé que efectivamente tengo Parkinson y que las personas no se mueren de Parkinson. Se mueren con Parkinson.
Eliana fue compañera nuestra del Colegio Nacional de Buenos Aires y una vez que terminamos el secundario -si bien no pertenecía al grupo más cercano de amigos que mantengo de esas épocas- ella sí siguió viéndose con Juan, con el Chino y con Pei, por lo que -muy cada tanto- nos cruzábamos en alguna reunión o en algún cumple. De ella no necesitan saber -o por menos no seré yo quien se arrogue el derecho de contar lo que ella quiso que permanezca en calorcito de su intimad familiar- más que lo que ya les dije y algún que otro dato que me ayude a darle sentido a este post. Eliana falleció el lunes pasado. No era mi amiga más cercana pero -por transitividad- era un@ de l@s nuestr@s y es desde ese lugar desde el que siento empatía y dolor por su muerte.
Quienes vamos por la vida acompañados de Mr. Parkinson tenemos claro que él se ocupa de hacernos sentir que envejecemos más rápido que el resto y -en ese sentido- tiene cierta lógica que la muerte asome como una noción que se me hiciera inminente. Aún así no había evaluado esa noción -más allá del miedo- como algo tan propio, hasta estos días.
Desde lo de Leire hasta hoy pasaron 14 años y es recién ahora que siento que puedo -por lo menos por un rato- despegarme del miedo que le tengo a la muerte y de -como buen neurótico-obsesivo- la ansiedad que me puede provocar la incertidumbre de no saber cuánto falta para que pase. De hecho es recién que me tomo un segundo parar intentar pensarlo desde otro lado.
Me siento raro hablando de esto en primera persona, la verdad. Tampoco siento que sea una reflexión positiva la que me sale. Lo que sí está claro es que es imposible saber cuándo va pasar y menos cómo. Pero lo que sí puedo hacer es laburar -conmigo, con mi flia, con mis amigos, etc.- en identificar todo aquello que pueda hacer para que ese día llegue cuando tenga claro que disfruté de lo que -¡y a quiénes!- quise y no perdí tiempo en lo que no quería. No sé si será posible pero me ayuda -al menos por ahora y desde un lugar inevitablemente egoísta- a tratar de darle un sentido a algo que no lo tiene.
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